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George Orwell - Ensayos y diarios

Ensayos, selección de ensayos. Debate.


Misma selección de ensayos, edición Debolsillo.


Escritor en guerra. Diarios de guerra de Orwell. 

Escritor en guerra. Correspondencia y diarios (1936-1943)

Evelyn Waugh

Evelyn Waugh (inacabado, abril (?) de 1949

En 1895 cuando encarcelaron a Oscar Wilde, habría hecho falta mucha valentía moral para defender la homosexualidad. Hoy no requeriría ninguna; una acción equivalente sería, tal vez, defender el antisemitismo. Pero eso nos recuerda que no se puede juzgar el valor de una opinión solo por la valentía que hace falta para defenderla. Todavía existen la verdad y la falsedad, es posible defender una creencia verdadera por motivos equivocados y, aunque tal vez no se haya producido ningún avance en la inteligencia humana, las ideas predominantes en una época a veces son claramente menos estúpidas que las de otras. 

Ay, qué alegrías aquellas

1939 (?)- junio de 1949 (?)

En general, los recuerdos que uno tenga sobre cualquier etapa de su vida se debilitan por fuerza a medida que uno se aleja de ella. Uno aprende de continuo nuevas realidades, y las de antaño han de dejar paso a las nuevas. A los veinte años podría haber escrito la historia de mis años escolares con una exactitud que ahora me resultaría imposible. Pero también puede darse el caso de que los propios recuerdos se intensifiquen tras un largo periodo, porque uno contempla el pasado con la mirada limpia y, por así decirlo, porque uno contempla el pasado con la mirada limpia y, por así decirlo, repara en hechos que previamente habían existido de manera indiferenciada, entre muchísimos más. He aquí dos cosas que en cierto modo recordaba, pero que no me llamaron la atención por su extrañeza, por su interés, hasta hace relativamente poco. 

Reflexiones sobre Gandhi


Enero 1949
En los últimos años se ha puesto de moda hablar de Gandhi como si hubiera sido no solo un simpatizante del movimiento izquierdista occidental, sino parte integral de este. Los anarquistas y los pacifistas, en particular, se lo han apropiado, observando tan solo que se oponía al centralismo y a la violencia de Estado, e ignorando la otra tendencia trascendentalista  y antihumana de sus doctrinas. Pero, a mi juicio, uno debería caer en la cuenta de que las enseñanzas de Gandhi no cuadran con la creencia de que el hombre es la medida de todas las cosas y de que nuestra tarea es hacer que la vida en este planeta, que es el único que tenemos, valga la pena ser vivida. Tienen sentido solo si se acepta que Dios existe y que el mundo de los objetos sólidos es una ilusión de la que se debe escapar. Vale la pena tener en cuenta las privaciones que Gandhi se imponía a sí mismo, y que, si bien no insistía en que cada uno de sus seguidores las observara con todo detalle, consideraba indispensable si uno quería servir a Dios o a la humanidad. En primer lugar, no comer carne ni, a ser posible, ningún alimento de origen animal. (El propio Gandhi tuvo que recurrir a la leche para no poner en peligro su salud, pero al parecer lo consideró un paso atrás). Nada de alcohol o tabaco y nada de condimentos ni especias, ni siquiera vegetales, ya que la comida debe ser ingerida no por sí misma, sino para conservar las fuerzas. En segundo lugar, nada de relaciones sexuales. En el caso de que se mantengan, debe ser con el único propósito de engendrar hijos y presumiblemente en intervalos largos. Gandhi mismo, cuando tenía alrededor de treinta y cinco años, hizo boto de brahmacharya, que significa no solo la castidad completa, sino también la eliminación del deseo sexual. Esta condición, por lo visto, es difícil de obtener sin una dieta especial y sin ayunos frecuentes. Y, finalmente -y este es el punto clave-, para el que va en pos de la bondad no debe haber amistades cercanas ni amores exclusivos. 

Las amistades cercanas, afirma Gandhi, son peligrosas porque “los amigos ejercen una influencia mutua” y, a través de la lealtad a un amigo, uno puede ser llevado a errar. Esto es incuestionablemente cierto. Más aún, si uno ha de amar a Dios, o a la humanidad en su conjunto, no puede mostrar predilección por ninguna persona en concreto. Esto también es cierto, y marca el punto en que las actitudes religiosa y humanista dejan de ser reconciliables. Para un ser humano corriente, el amor no significa nada si no conlleva amar a cierta gente más que a otra. La autobiografía no deja claro si Gandhi era desconsiderado con su esposa y sus hijos, pero sí que en tres ocasiones estuvo dispuesto a dejar que alguno de ellos muriera antes que administrarle el alimento de origen animal que había prescrito el doctor. Bien es verdad que la defunción presagiada nunca tuvo lugar y que Gandhi -con, es de suponerse, gran presión moral en el otro sentido- siempre le dio al paciente la oportunidad de mantenerse vivo al precio de cometer un pecado; aun así, si la decisión hubiera sido exclusivamente suya, habría prohibido la ingesta de alimentos animales, al margen del riesgo. Debe haber, sostiene, un límite en lo que estemos dispuestos a hacer para conservar la vida, y el límite está bastante más acá que el caldo de pollo. Esta actitud quizá es noble, pero, en el sentido en el que, según creo, la mayoría de la gente le daría a la palabra, es inhumana. La esencia de ser humano es que uno no busca la perfección, que uno a veces está dispuesto a cometer pecados por lealtad, que uno no lleva el ascetismo hasta el punto en el que vuelve imposible la convivencia amistosa, y que uno está preparado para ser finalmente derrotado y despedazado por la vida, lo cual es el precio inevitable de depositar su amor en otros seres humanos. Sin lugar a dudas, el tabaco, el alcohol, etcétera, son vicios que un santo debe evitar, pero también la santidad es algo que los seres humanos deben rehuir. Esto es algo que cae por su propio peso, pero que uno debe cuidarse de mencionar. En esta época dominada por los yoguis, se asume demasiado pronto que el “desapego” no solo es mejor que la aceptación plena de la vida terrena, sino que el hombre corriente lo rechaza solamente porque es demasiado difícil; en otras palabras, que el hombre común es un santo en potencia que no ha logrado alcanzar esa condición. Es dudoso que esto sea cierto. Mucha gente no tiene intención alguna de ser santa, y es probable que algunos que han logrado la santidad o aspiran a ella no se hallan sentido nunca tentados de ser seres humanos. Si uno pudiera rastreas esto hasta sus raíces psicológicas, hallaría, creo, que el principal motivo para el “desapego” es un deseo de escapar del dolor de vivir y, sobre todo, del amor, que, de índole sexual o no, acarrea muchas complicaciones. Pese a todo, no es necesario dirimir aquí si el ideal humanista es “más elevado” que el trascendentalista. La cuestión es que son incompatibles. Se debe escoger entre Dios y el hombre, y todos los “radicales” y “progresistas”, desde los liberales más moderados hasta los anarquistas más extremos, han escogido al último. 

En cualquier caso, el pacifismo de Gandhi puede desvincularse hasta cierto punto de sus otras enseñanzas. Su motivación era religiosa, pero también lo consideraba una técnica definida, un  método, capaz de producir los resultados políticos deseados. La actitud de Gandhi no era la de la mayoría de los pacifistas occidentales. La Satyagraha, desarrollada originalmente en Sudáfrica, era una suerte de guerra no violenta, una manera de vencer al enemigo sin herirlo y sin sentir ni suscitar odio. Implicaba actos como la desobediencia  civil, las huelgas, tumbarse en el suelo frente a trenes, soportar cargas de la policía sin correr ni defenderse y cosas por el estilo. Gandhi se oponía a traducir el término “Satyagraha” como “resistencia pasiva”; en gujarati, por lo visto, significa “firmeza en la verdad” En sus primeros años Gandhi sirvió como camillero del bando inglés en la guerra de los bóeres, y se disponía a hacer lo mismo en la Primera Guerra Mundial. Incluso después  de haber abjurado totalmente de la violencia, fue lo bastante sincero consigo mismo como para percatarse de que en los conflictos bélicos suele ser necesario tomar partido. Gandhi no adoptó -ciertamente no podía, ya que toda su vida política se centraba en la lucha por la independencia nacional- la actitud estéril e hipócrita de fingir  que en todas las guerras ambos bandos son lo mismo y que tanto da quién gane. Tampoco se especializó, como hacen la mayoría de los pacifistas occidentales, en eludir preguntas incómodas. En relación con la última contienda, una que todos los pacifistas tenía la clara obligación de contestar era: “¿Qué decís de los judíos? ¿Estáis dispuestos a verlos exterminados? Si no es así, ¿cómo os proponéis salvarlos sin recurrir a la guerra?”. Debo decir que nunca he oído de ningún pacifista occidental una respuesta sincera a esta pregunta, aunque he oído muchas evasivas, principalmente del tipo “y tú también”. Pero resulta que a Gandhi se le planteó una pregunta similar en 1938 y que su respuesta está registrada en Gandhi and Stalin, del señor Louis Fischer. Según el señor Fischer, el punto de vista de Gandhi era que los judíos alemanes debían cometer un suicidio colectivo, lo cual “hubiera despertado al mundo y a Alemania  ante la violencia de Hitler”. Después de la guerra se justificó: afirmó que los judíos habían acabado siendo asesinados de todos modos y que al menos podrían haber intentado no morir completamente en vano. Da la impresión de que esta actitud sorprendió incluso a un admirador tan incondicional como el señor Fisher, pero Gandhi estaba simplemente siendo sincero. Si no estás dispuesto a quitarle la vida a alguien, con frecuencia debes estarlo a que se pierdan vidas de alguna otra manera. Cuando en 1942 pidió adoptar una actitud de resistencia no violenta ante la invasión japonesa, estaba listo para admitir que eso podría costar varios millones de muertes. 

Al mismo tiempo, hay motivos para creer que Gandhi, que después de todo nació en 1869, no entendía la naturaleza del totalitarismo y lo veía todo en función de su propia lucha contra el gobierno británico. El punto clave aquí no es tanto que los británicos lo trataran pacientemente como que siempre fue capaz de obtener publicidad. Como se puede ver por la frase citada arriba, creía en “despertar al mundo”, lo cual solo es posible si este tiene una oportunidad de oír lo que estás haciendo. Es difícil ver como podrían aplicarse los métodos de Gandhi en un país donde los opositores al régimen desaparecen en mitad de la noche y nunca se vuelve a saber de ellos. Sin una prensa libre ni derecho de reunión, es imposible no solo apelar a la opinión exterior, sino también hacer que surja un movimiento de masas o incluso hacerle saber tus intenciones al adversario. ¿Hay un Gandhi en Rusia en este momento? Y si lo hay, ¿qué está logrando? Las masas rusas solo podrían practicar la desobediencia civil si la misma idea se les ocurriera a todos a la vez, e incluso en ese caso, a juzgar por lo ocurrido durante la hambruna ucraniana, no hubiera surtido ningún efecto. Aun así, concedamos que la resistencia no violenta puede ser eficaz contra el propio gobierno o contra una potencia ocupante; incluso en ese caso, ¿cómo la pone uno en práctica a escala internacional? Las diferentes declaraciones contradictorias de Gandhi sobre la última guerra parecen mostrar que era consciente de esta dificultad. Aplicado a la política exterior, el pacifismo deja de ser tal, o bien se transforma en apaciguamiento. Además, el supuesto, que de tanto le sirvió  a Gandhi para tratar con las personas, de que uno puede acercarse a todas ellas y de que responderían a un gesto generoso, debe ser puesto seriamente en duda. No es algo necesariamente cierto, por ejemplo, cuando se trata de lunáticos. Entonces, la pregunta se convierte en: ¿quién está cuerdo? ¿Lo estaba Hitler? ¿Acaso no es posible que toda una cultura esté mentalmente enferma a los ojos de otra? Y en la medida en que se puedan juzgar los sentimientos donaciones enteras, ¿hay algún vínculo claro entre un acto generoso y una respuesta amistosa? ¿Es la gratitud un factor en la política internacional? 

Estas y otras preguntas similares necesitan ser discutidas, y necesitan serlo urgentemente, en los pocos años que nos quedan antes de que alguien apriete el botón y los cohetes comiencen a volar. Es dudoso que la civilización pueda soportar otra gran guerra, y no cabe descartar que el camino para evitarla sea el de la no violencia. A Gandhi hay que reconocerle la virtud de que habría estado dispuesto a considerar con sinceridad preguntas como las que he planteado arriba, y, en efecto, es probable que discutiera la mayoría de ellas en alguno u otro punto de sus innumerables artículos periodísticos. La impresión que da es que había muchos aspectos que no lograba entender, pero no que hubiera algo que temiera decir o pensar. Nunca he sido capaz de sentir demasiada simpatía por Gandhi, pero no estoy seguro de que, como pensador político, se equivocara en lo sustancial, ni creo que su vida fuera un fracaso. Es curioso que, al ser asesinado, muchos de sus admiradores más fervientes señalaron con tristeza que había vivido justo lo suficiente para ver en ruinas el trabajo de su vida, puesto que la India estaba inmersa en una guerra civil, que siempre se había previsto que sería uno de los efectos colaterales de la transferencia del poder. Pero no fue a suavizar la rivalidad entre hindúes y musulmanes a lo que Gandhi consagró su vida. Su principal objetivo político, la finalización pacífica de la dominación inglesa, se había alcanzado después de todo. Como siempre, los hechos relevantes se entrecruzan. Por una parte, los británicos abandonaron la India sin pelear, un acontecimiento que muy pocos observadores hubieran presagiado ni siquiera un año antes de que sucediera. Por otra, esto lo hizo un gobierno laborista, y es seguro que uno conservador, especialmente uno dirigido por Churchill, habría actuado de otro modo. No obstante, si para 1945 en Gran Bretaña se había propagado considerablemente la opinión favorable a la independencia de la India, ¿en qué medida se debió esto a la influencia personal de Gandhi? Y si, como puede suceder, la India y Gran Bretaña finalmente acaban por mantener una relación decente y amistosa, ¿será esto en parte porque Gandhi, al librar su lucha con obstinación pero sin odio, desinfectó el ambiente político? 

Que se piense siquiera en plantear esas preguntas indica su gran estatura. Uno puede sentir, como yo, una especie de disgusto estético por Gandhi y rechazar las pretensiones de santidad hechas en su nombre (algo que él nunca pretendió, por cierto), se puede incluso rechazar la santidad como un ideal y, por tanto, pensar que los objetivos básicos de Gandhi eran antihumanos y reaccionarios. Pero, analizado simplemente como un político y comparado con las otras figuras políticas importantes de nuestro tiempo, ¡qué olor tan limpio consiguió dejar tras de sí!

Los escritores y el Leviatán

verano  de 1948

Vivimos en una época política. La guerra, el fascismo, los campos de concentración, las porras de goma, las bombas atómicas, etcétera, son los temas en los que pensamos a diario y, por tanto, aquellos sobre los que en gran medida escribimos, incluso cuando no los mencionamos abiertamente. No podemos evitarlo. 

La verdadera reacción de uno hacia un libro, cuando se tiene, es por regla general “me gusta este libro” o “no me gusta este libro”, y lo que sigue es una racionalización. Pero “me gusta este libro” no es, a mi juicio, una reacción no literaria; la reacción no literaria es decir: “Este libro es de mi bando y, por tanto, tengo que hallar mérito en él”. Por supuesto, cuando uno alaba un libro por motivos políticos puede ser sincero desde el punto de vista emocional, en el sentido de que siente una fuerte aprobación del mismo, pero también sucede con frecuencia que la solidaridad partidista requiere de una simple mentira. Cualquier persona acostumbrada a reseñar libros para publicaciones políticas es bien consciente de ello. En general, si escribes para un periódico con el que estás de acuerdo, pecas por comisión, y si lo haces para uno con el que discrepas, por omisión. En cualquier caso, innumerables libros controvertidos -libros a favor o en contra de la Rusia soviética, a favor o en contra del sionismo, a favor o en contra de la Iglesia católica -son juzgados antes de ser leídos, y de hecho antes de ser escritos; uno saber de antemano qué recepción tendrán en qué periódicos. Y aun así, con una falta de sinceridad que a veces no es consciente ni siquiera en una cuarta parte de los casos, se sostiene que se están aplicando pautas literarias genuinas. 

Por supuesto, la invasión de la literatura por la política estaba destinada a acontecer. Tenía que ocurrir aun cuando el problema especial del totalitarismo nunca hubiera surgido, porque hemos desarrollado una especia de escrúpulo del que nuestros abuelos carecían, una conciencia sobre la injusticia y la miseria enormes que imperan en el mundo, y un sentimiento de culpabilidad en virtud del cual uno debería hacer algo al respecto, de tal modo que una actitud puramente estética hacia la vida sea totalmente imposible. Nadie podría dedicarse ahora a la literatura tan de lleno como Henry James o Joyce. Pero, desafortunadamente, aceptar la responsabilidad política significa también entregarse a ortodoxias y a “líneas de partido”, con toda la ingenuidad y la deshonestidad que ello implica. 

Un intelectual literario moderno vive y escribe en un constante temor (no, por cierto, de la opinión pública de su propio grupo). Por fortuna, suele haber más de un grupo, pero en todo momento también impera una ortodoxia dominante, y enfrentarse a ella requiere de una piel gruesa y, en ocasiones, significa reducir los ingresos propios a la mitad durante años. Obviamente, durante los últimos quince años, la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras clave son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que los sambenitos que hay que evitar a toda costa que te cuelguen son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. 

Toda la ideología de izquierdas, científica y utopista, la desarrolló gente que no tenía ninguna posibilidad inmediata de alcanzar el poder, y, por consiguiente, era una ideología extremista, que despreciaba a los reyes, los gobiernos, las leyes, las prisiones, las fuerzas policiales, los ejércitos, las banderas, las fronteras, el patriotismo, la religión, la moralidad convencional y, de hecho, el statu quo en su totalidad. Hasta hace bastante poco, las fuerzas de la izquierda en todos los países luchaban contra una tiranía que parecía invencible, y era fácil pensar que si esa tiranía en particular -el capitalismo- pudiera ser derrocada, el socialismo la reemplazaría. 

En nuestras mentes también hemos acumulado toda una serie de contradicciones que no queremos admitir, como resultado de encontronazos sucesivos con la realidad. 

Los gobiernos de izquierdas casi siempre decepcionan a quienes los apoyan porque, incluso cuando es posible alcanzar la prosperidad que han prometido, siempre es preciso un incómodo periodo de transición acerca del cual poco se ha dicho de antemano. 

La reducción de los salarios y el aumento de las jornadas laborales son medidas consideradas intrínsecamente antisocialistas y que por tanto deben ser descartadas de antemano, al margen de la situación económica que se viva. Sugerir que quizá sean inevitables es arriesgarse a que le cuelguen a uno esos sambenitos que a todos nos aterran. Es mucho más prudente esquivar el tema y fingir que podemos enmendar la situación redistribuyendo la renta nacional existente. 

El mero sonido de una palabra acabada en -ismo parece apestar a propaganda. 

Cuando un escritor se involucra en la política, debe hacerlo como ciudadano, como ser humano, pero no como escritor. 

En política uno nunca puede hacer nada excepto juzgar cuál de los males es el menor, y hay ciertas situaciones de las que uno solo puede escapar actuando como un lunático o como un demonio. La guerra, por ejemplo, puede ser necesaria, pero no cabe duda de que no es correcta ni sensata. Incluso unas elecciones generales no son exactamente un espectáculo placentero o edificante. Si debes participar en tales cosas -y creo que en efecto debes, a menos que estés insensibilizado por la vejez, por la estupidez o por la hipocresía-, entonces debes mantener una parte de ti mismo inviolada. Para la mayoría de la gente el problema no se presenta de la misma forma, porque sus vidas están divididas de entrada. 

Marx y Rusia

15 de febrero de 1948

La palabra “comunismo” nunca se ha convertido en un término sin sentido, como sí ha sucedido con la palabra “fascismo” por el abuso que se hace de ella. Sin embargo, existe cierta ambigüedad, lo cual hace que signifique al menos dos cosas distintas que están vagamente conectadas: una teoría política y un movimiento político que no lleva, de manera visible, esta teoría a la práctica. 

Al principio, “comunismo” significaba una sociedad libre y justa basada en el principio de “a cada uno de acuerdo con sus necesidades”. Marx concibió esto como parte de un proceso histórico inevitable. La sociedad se había reducido a una pequeña clase de propietarios con una enorme clase de desposeídos, y un día, de manera casi automática, llegaría la oportunidad para los desposeídos. Unas cuantas décadas después de la muerte de Marx estalló la Revolución rusa, y salieron los hombres que habían sido guiados por Marx y que afirmaban ser sus más fieles discípulos. Sin embargo, en realidad su éxito dependió de que tiraran por la borda buena parte de las enseñanzas de su maestro. 

Marx había visualizado un enorme, poderoso y avasallador proletariado que barrería al pequeño grupo de sus oponentes, y a partir de entonces habría un gobierno democrático, a través de representantes elegidos por el pueblo. Lo que en realidad pasó en Rusia fue que una pequeña camarilla de revolucionarios desclasados tomó el poder, afirmando ser los representantes de un pueblo que ni los había elegido ni veía en ellos ninguna solución. 

Desde el punto de vista de Lenin, esto era inevitable. Él y su grupo tenían que erigirse con el poder, porque solo ellos eran los herederos de la doctrina marxista, y era obvio que no podían permanecer en él democráticamente. El significado de la “dictadura del proletariado” tendría que haber sido “la dictadura de un puñado de intelectuales, que gobernaban a través del terrorismo”. Se salvó la revolución, pero desde entonces el Partido Comunista ruso tomó una dirección que Lenin probablemente, si hubiera vivido lo suficiente, no habría aprobado. 

Instalados en el poder, los comunistas rusos necesariamente desarrollaron una casta gobernante, u oligarquía, de la que no se entraba a formar parte por nacimiento sino por adopción. Como no podían arriesgarse a que creciera la oposición, no podían permitir las críticas genuinas, y como silenciaban las críticas, cometían con frecuencia errores que hubieran podido evitarse; y entonces, como no podían admitir sus propios errores, tenían que buscar chivos expiatorios, a veces a una escala enorme. 

Los comunistas pueden haber pervertido su objetivo, pero no han perdido la mística. La creencia de que únicamente ellos son los salvadores de la humanidad es, más que nunca, incuestionable. 

En los años 1935-1939 y 1941-1944 era fácil creer que la URSS había abandonado la idea de la revolución mundial, pero hoy resulta claro que ese no era el caso. La idea nunca se abandonó, sino que simplemente se modificó; “revolución” fue cambiando poco a poco hasta significar “conquista”. 

Mientras tanto, nos enfrentamos con un movimiento político a escala mundial que amenazaba la existencia de la civilización occidental, que no ha perdido nada de su vigor porque, en cierto sentido, se ha corrompido. 

Hacia la unidad de Europa

Julio-agosto de 1947

Hoy en día, un socialista se encuentra en la situación de un médico que ha de tratar  a un paciente que apenas tiene esperanzas de curación. En calidad de médico, su deber es mantener vivo al paciente y asumir, por tanto, que tiene al menos una posibilidad de recuperarse. En calidad de científico, su deber es hacer frente a la realidad y admitir, por consiguiente, que el paciente probablemente ha de morir sin remedio. Nuestras actividades como socialistas solo tienen sentido si asumimos que es posible establecer el socialismo, pero si nos detenemos a sopesar qué es lo que probablemente sucederá, hemos de reconocer, entiendo, que las posibilidades no nos son favorables. Si yo fuera un corredor de apuestas y me limitara a calcular las probabilidades, dejando mis deseos al margen del cálculo, estimaría que es harto difícil que la civilización perviva en los próximos siglos. Por lo que alcanzo a ver, existen tres posibilidades:

1. Que los norteamericanos decidan hacer uso de la bomba atómica mientras ellos la tengan y los rusos no. Con esto no se resolvería nada. Se acabaría con el peligro particular que actualmente representa la URSS, pero desembocaría en el surgimiento de nuevos imperios, rivalidades nuevas, más guerras, más bombas atómicas, etcétera. En cualquier caso, esta es la menos probable de las tres, porque una guerra preventiva es un delito que no cometerá fácilmente un país que conserve algún resto de democracia. 

2. Que la actual “guerra fría” siga su curso hasta que la URSS y algunos otros países también posean la bomba atómica. Así las cosas, transcurrirá un lapso muy breve de paz aparente antes de que ¡zas!, a por los cohetes, y ¡bum!, a por las bombas, y los centros industriales del mundo queden borrados de la faz de la Tierra, seguramente sin remedio. Incluso en el supuesto de que un Estado, o un grupo de estados, surja de tal guerra en calidad de vencedor técnico, probablemente será incapaz de reconstruir la maquinaria de la civilización. El mundo, así pues, lo habitarán de nuevo unos cuantos millones de seres humanos, unos cuantos cientos de millones a lo sumo, que vivirán mediante una agricultura de subsistencia y que, probablemente, al cabo de dos generaciones no conserven prácticamente ni rastro de cultura del pasado, salvo el conocimiento de la fundición de los metales. Es posible que este sea un resultado deseable, pero obviamente nada tiene que ver con el socialismo. 

3. Que el miedo que inspiran la la bomba atómica y otras armas todavía por inventar llegue a ser tan grande que todos se abstengan de utilizarlas. Esta me parece la peor posibilidad de todas. Traería consigo la división del mundo en dos o tres supraestados inmensos, incapaces de conquistarse unos a otros y resistentes a toda rebelión interna. Con toda probabilidad, su estructura sería jerárquica, con una casta semidivina en la cúspide y una clase abiertamente esclavizada en la base; el aplastamiento de las libertades sería muy superior a todo lo que el mundo ha visto en el curso de su historia. En cada uno de los estados, el ambiente psicológico necesario sería mantenido mediante una incomunicación absoluta con el mundo exterior y una continua guerra de mentiras contra los estados rivales. Las civilizaciones de este jaez podrían mantenerse estáticas durante milenios. 

La mayoría de los peligros que acabo de esbozar existían y eran previsibles mucho antes de que se inventase la bomba atómica. La única manera de evitarlos, al menos que a mí se me ocurra, consiste en presentar de un modo u otro, a gran escala, el espectáculo de una comunidad en la que sus integrantes sean relativamente libres y felices, y en la que el objetivo primordial de la vida no sea la búsqueda del dinero o del poder. Dicho de otro modo, el socialismo democrático ha de ponerse en funcionamiento en alguna región relativamente amplia. Ahora bien, la única región en la que aun es concebible que funcione, dentro de un futuro más o menos inmediato, es Europa occidental. Además de Australia y Nueva Zelanda, la tradición del socialismo democrático solo puede afirmarse que existe -pese a tener una existencia más bien precaria- en Escandinavia, Alemania, Austria, Checoslovaquia, Suiza, los Países Bajos, Francia, Gran Bretaña, España e Italia. Solo en estos países sigue habiendo una cantidad notable de personas para las que la palabra “socialismo” tiene algún atractivo, y para las que está unida a la libertad, la igualdad y el internacionalismo. En cualquier otra parte, o carece de un apoyo sólido o significa algo completamente distinto. En Norteamérica, las masas se contentan con el capitalismo, y es imposible predecir el rumbo que puedan tomar cuando este comience a hundirse. En la URSS prevalece una suerte de colectivismo oligárquico que solo podría desarrollarse hasta dar lugar al socialismo democrático en contra de la voluntad de la minoría dirigente. En Asia, el propio vocablo “socialismo” apenas ha tenido penetración. Los movimientos nacionalistas asiáticos o son de carácter fascista o están pendientes de Moscú, o bien logran combinar ambas actitudes; en la actualidad, todos los movimientos de los pueblos de color están teñidos por un misticismo racial. En la mayor parte de Sudamérica, la situación es esencialmente similar, al igual que en África y en Oriente Medio. El socialismo no existe en ninguna parte, pero es que, incluso como idea, en la actualidad solamente tiene validez en Europa. Por descontado, no podrá decirse con propiedad que el socialismo ha sido establecido hasta que sea mundial, aunque ese proceso ha de comenzar en algún lugar, y no me imagino que pueda ser sino por medio de una federación de los estados de Europa occidental, transformados en repúblicas socialistas sin ninguna clase de ramificación colonial. Por consiguiente, unos Estos Unidos Socialistas de Europa me parten el único objetivo político al que vale la pena aspirar hoy en día. Semejante federación tendría unos doscientos cincuenta millones de habitantes, incluidos, tal vez, cerca de la mitad de los trabajadores industriales cualificados del mundo entero. No hace ninguna falta que se me diga que las dificultades inherentes a la construcción de semejante entidad son enormes y aterradoras; en breve paso a enumerar solo algunas. Sin embargo, no deberíamos tener la sensación de que, por su propia naturaleza, sería algo imposible, ni de que los países serían tan diferentes unos de otros que no estarían dispuestos a unirse voluntariamente. Una unión europea occidental es, en sí misma, una concatenación menos improbable que la Unión Soviética o el Imperio Británico. 

En cuanto a las dificultades: la mayor de todas ellas es la apatía y el conservadurismo que padece la población en todas partes, su ignorancia del peligro, su incapacidad para imaginar nada realmente nuevo; en general, como ha dicho Bertrand Russell hace poco, es la reticencia de todo el género humano a consentir su propia supervivencia. Pero existen también fuerzas malignas que obran en contra de la unidad europea, así como relaciones económicas de las que depende el nivel de vida de los pueblos de Europa y que no son compatibles con el verdadero socialismo. Enumero a continuación los que me parecen los cuatro obstáculos principales. 

1. La hostilidad de Rusia. Los rusos, por fuerza, han de ser hostiles a cualquier unión europea que no esté bajo su control. Las razones, tanto las fingidas como las reales, son evidentes. Hay que contar, por tanto, con el peligro de una guerra preventiva, la intimidación sistemática de las naciones más pequeñas y el sabotaje del Partido Comunista en todos los países. Sobre todo, existe el peligro de que las masas europeas sigan creyendo en el mito de Rusia. Mientras perviva esa creencia, la idea de una Europa socialista carecerá del magnetismo suficiente para inspira el esfuerzo necesario. 

2. La hostilidad de Estados Unidos. Si Estados Unidos sigue anclado en el capitalismo y, sobre todo, si necesita un mercado para sus exportaciones, no puede ver con ojos amistosos una Europa socialista. No cabe duda de que su intervención por medio de la fuerza bruta es menos probable que en el caso de la URSS, a pesar de lo cual la presión norteamericana es un factor importante, pues puede ejercerse de manera muy fácil en Gran Bretaña, el único país europeo que está fuera de la órbita rusa. Desde 1940, Gran Bretaña se ha mantenido distante de los dictadores europeos a expensas de convertirse casi en un país dependiente de Estados Unidos. Gran Bretaña solo podrá liberarse de Norteamérica renunciando a toda intención de ser una potencia extraeuropea. Los Dominios de habla inglesa, las posesiones coloniales -con la posible excepción de África- e incluso el suministro de petróleo a Gran Bretaña son rehenes que están en manos de Estados Unidos. Por tanto, siempre existe el peligro de que los norteamericanos rompan toda coalición europea, arrastrando a Gran Bretaña fuera de ella. 

3. El imperialismo. Desde hace mucho, los pueblos de Europa, y en especial el británico, deben su elevado nivel de vida a la explotación directa o indirecta de los pueblos de color. Esta es una relación que nunca se ha aclarado debidamente en la propaganda oficial del socialismo, y el trabajador británico, en vez de recibir el mensaje de que, según la media mundial, vive por encima de sus posibilidades, ha sido aleccionado para pensar que es un esclavo que trabaja en exceso y que está pisoteado por el patrón. Para las masas, el “socialismo” significa -o al menos se relaciona con ello- salarios más altos, jornadas laborales más cortas, viviendas mejores, seguridad social para todos, etcétera. Ahora bien, no es en modo alguno seguro que sea posible permitirse tales ventajas si se prescinde de los beneficios que acarrea la explotación colonial. Por muy igualitario que sea el reparto del producto interior, si este desciende en conjunto, el nivel de vida de la clase trabajadora ha de bajar en consonancia. En el mejor de los casos, es probable que dé paso a un largo e incómodo periodo de reconstrucción, para el cual la opinión pública no está preparada. Ahora bien, es preciso que al mismo tiempo los países europeos dejen de ser explotadores en el extranjero si aspiran a ser verdaderos socialistas en su territorio. El primer paso de cara a una federación socialista europea consiste, en el caso de los británicos, en renunciar a su presencia colonial en la India. Pero esto entraña algo más: si los Estados Unidos de Europa han de ser autosuficientes y capaces de subsistir frente a Rusia y Norteamérica, deben incluir África y Oriente Medio. Pero eso, a su vez, implica que la situación de las poblaciones indígenas de dichas regiones ha de cambiar mediante el reconocimiento; Marruecos, Nigeria o Abisinia han de dejar de ser colonias, o semicolonias, para convertirse en repúblicas autónomas, en absoluto pie de igualdad con los pueblos de Europa. Esto comporta un cambio inmenso de planteamientos, así como una pugna encarnizada y compleja que probablemente no se pueda zanjar sin derramamiento de sangre. Cuando llegue el momento de las estrecheces, las fuerzas del imperialismo resultarán sumamente poderosas, y el trabajador británico, si ha sido aleccionado para pensar en el socialismo en término puramente materialistas, quizá decida que es preferible seguir siendo una potencia imperial, incluso a expensas de ser la segundona de Estados Unidos. En distintos grados, todos los pueblos de Europa, al menos los que han de formar parte de la unión propuesta, se enfrentan a ese mismo dilema. 

4. La iglesia católica. A medida que se vuelve más descarnada la pugna entre los bloques oriental y occidental, existe el peligro de que los socialistas democráticos y los meros reaccionarios se vean impelidos a formar una suerte de Frente Popular, y la Iglesia es el puente más probable entre ambos. Sea como fuere, la Iglesia hará todos los esfuerzos que estén en su mano para captar y esterilizar cualquier movimiento tendente a la unión de Europa. Lo peligroso de la Iglesia es que no es reaccionaria en el sentido habitual del término. No mantiene lazos con el capitalismo de laissez-faire ni con el sistema de clases existente, así que no tiene por qué morir con ambos. Es perfectamente capaz de hacer las paces con el socialismo, o al menos aparentarlo, siempre y cuando quede salvaguardada su propia posición. Pero si se le permite sobrevivir como la poderosa organización que es, conseguirá que el verdadero establecimiento del socialismo sea absolutamente inviable, porque su influencia obra y ha de obrar siempre en contra de la libertad de pensamiento y expresión, en contra de la igualdad de los hombres, en contra de cualquier forma de sociedad que tienda a la promoción de la felicidad en la Tierra. 

Cuando pienso en estas dificultades y en otras, y cuando pienso en el inmenso reajuste mental que será preciso hacer, el surgimiento de unos Estos Unidos Socialistas de Europa se me antoja un acontecimiento improbable. 

Por otra parte, no sabemos qué cambios tendrán lugar en la URSS, si es posible impedir que estalle una guerra durante la próxima generación. En una sociedad de tales características, un cambio radical de planteamientos siempre parece improbable, no solo porque no puede haber una verdadera oposición, sino porque el régimen, con su control absoluto de la educación, la información, etcétera, tiende deliberadamente a impedir la oscilación pendular que se da entre generaciones, que, en cambio, parece producirse de forma natural en las sociedades liberales. Ahora bien, los datos de que disponemos indican que la tendencia de una generación a rechazar las ideas de la precedente es una característica humana duradera, que ni siquiera el NKVD podrá erradicar. En tal caso, hacia 1960 podrían ser millones los jóvenes rusos hartos de la dictadura y de los desfiles de adhesión al régimen, ansiosos por disfrutar de más libertades y amistosos en su actitud hacia Occidente. 

La visión de Burnham sobre el conflicto mundial contemporáneo

20 de marzo de 1947

Un comunista es psicológicamente muy distinto de un ser humano común y corriente. De acuerdo con Burnham: 

“El verdadero comunista… es un ‘hombre abnegado’. No tiene vida aparte de su organización y de su batería de ideas rígidamente sistemáticas. Todo lo que hace, todo cuanto tiene -familia, empleo, dinero, creencias, amigos, aptitudes, vida-, está subordinado a su ideología comunista. No solo es comunista el día de las elecciones o en las sedes del partido. Es comunista siempre. Come, lee, hace el amor, piensa, va a fiestas, se muda de casa, ríe e insulta como un comunista. Para él el mundo se divide solo en dos tipos de seres humanos: los comunistas y todos los demás.”

Hay muchos pasajes similares. Todos parecen encerrar verdades como puños, hasta que uno empieza a comparar sus aseveraciones con los comunistas que conoce. No cabe duda de que la descripción del “verdadero comunista” que hace Burnham se ajusta bien a unos cientos de miles o a algunos millones de fanáticos, gente deshumanizada, generalmente residente en la URSS, que son el núcleo del movimiento. Se ajusta bien a Stalin, Molotov, Zhdanov, etcétera, así como a los agentes exteriores más fieles. Pero si hay un hecho con numerosos testigos en los partidos comunistas de casi todos los países es la elevada movilidad de sus miembros. La gente ingresa en ellos, cien a la vez en ocasiones, y después los abandona. En países como Estados Unidos o Inglaterra, el Partido Comunista consiste, en esencia, en un círculo interno de miembros de toda la vida completamente sumisos, algunos de los cuales tienen empleos remunerados, en un gran número de trabajadores industriales, fieles al partido, que no necesariamente comprenden el objetivo real, y en una masa cambiante de personas llenas de celo al principio, pero a las que rápidamente se les pasa el entusiasmo. En efecto, se realizan todo tipo de esfuerzos para inducir, en los miembros del Partido Comunista, la mentalidad totalitarista que describe Burnham. En algunos casos el éxito es permanente, y en muchos otros es temporal; aun así, es posible encontrar a gente inteligente que fue comunista durante diez años seguidos antes de renunciar al partido o ser expulsada, y que no ha quedado intelectualmente tullida por dicha experiencia. En principio, los partidos comunistas de todo el mundo son organizaciones de carácter conspirativo que tienen el propósito de espiar y subvertir el orden, pero que no son necesariamente tan eficientes como dice Burnham. No deberíamos pensar que el gobierno soviético controla un gran ejército secreto de guerreros fanáticos en cada país, completamente desprovistos de miedo y escrúpulos y sin otro pensamiento que vivir y morir por los trabajadores de la patria. De hecho, si Stalin dispusiera de semejante poder perderíamos el tiempo tratando de oponerle resistencia. 

Además, para un partido político el hecho de navegar bajo una bandera falsa acaba por no ser una ventaja. Siempre existe el peligro de que sus militantes deserten en algún momento de crisis, cuando las acciones del partido van abiertamente en contra del interés general. Permítame poner un ejemplo cercano. El Partido Comunista británico parece haber renunciado, de momento al menos, a convertirse en una formación de masas, y en cambio se ha concentrado en hacerse con puestos clave, especialmente en los sindicatos. Como no se comportan como un grupo abiertamente faccioso, los comunistas tienen una influencia desproporcionada en relación con el número de afiliados. Por tanto, al haberse apoderado de la dirección de sindicatos importantes, un puñado de delegados comunistas pueden modificar el voto de varios millones de delegados en el congreso del Partido Laborista. Sin embargo, eso es un resultado de las maquinaciones antidemocráticas internas de dicho partido, que permite a un delegado hablar en nombre de millones de personas que apenas han oído hablar de él, y que quizá estén en completo desacuerdo. En unas elecciones parlamentarias, en las que cada persona vota por cuenta propia, un candidato comunista casi no suele recibir apoyo. En las elecciones generales de 1945, el Partido Comunista obtuvo solamente cien mil votos en todo el país, a pesar de que en teoría controla varios millones de votos dentro de los sindicatos. Cuando la opinión pública está adormecida, los que manejan los hilos pueden conseguir muchas cosas, pero en momentos de emergencia un partido político debe contar también con una masa de militantes. 

Hay que tener en cuenta el sesgo político profascista que los conservadores británicos y los sectores afines a ellos en Estados Unidos mostraron antes de 1939. Cuando uno veía a los parlamentarios conservadores británicos celebrando la noticia de que los barcos ingleses habían sido bombardeados por los aviones italianos al servicio de Franco, se tenía la tentación de pensar que esa gente estaba traicionando a su propio país. Sin embargo, después resultó que, desde un punto de vista subjetivo, eran tan patriotas como cualquiera, solo que basaban sus opiniones en un silogismo que carece de término medio: como el fascismo se opone al comunismo, entonces está de nuestro lado. Los círculos de izquierdas también cuentan con sus silogismo: como el comunismo se opone al capitalismo, entonces es progresista y democrático. Esto es estúpido, pero puede ser aceptado de buena fe por personas que, tarde o temprano, serán capaces de ver más allá. 

Hay momentos en que es justificable eliminar un partido político. Si uno está luchando por su vida y existe alguna organización que actúa descaradamente a favor del enemigo y es lo bastante poderosa para causar daño, entonces hay que aplastarla. 

Si alguien pudiera presentar en algún sitio el espectáculo de la seguridad económica sin campos de concentración, el pretexto de la dictadura rusa desaparecería y el comunismo perdería buena parte de su atractivo. 

Desde 1940 dependemos bastante de los norteamericanos, y nuestra situación económica desesperada nos empuja hacia ellos cada vez con más ímpetu. 

Al final, los pueblos europeos deberán aceptar la dominación estadounidense como una manera de no caer en la rusa, pero deben darse cuenta, ahora que todavía se está a tiempo, de que existen otras posibilidades. Más o menos de la misma forma, los socialistas ingleses de casi todas las tendencias aceptaron el liderazgo de Churchill durante la guerra. En el caso de que no desearan la derrota de Inglaterra, difícilmente podían evitarlo porque no había nadie más, y Churchill era preferible a Hitler. Pero la situación habría sido diferente si los pueblos europeos hubieran podido comprender la naturaleza del fascismo cinco años antes, en cuyo caso la guerra, si hubiera estallado, habría sido de diferente índole, con líderes distintos y otros objetivos. 

Puede que el comunismo esté debilitado, pero es enorme desde cualquier punto de vista; es un monstruo terrible e insaciable contra el que uno lucha, pero al que no puede dejar de admirar. Burnham piensa siempre en términos de monstruos y cataclismos, así que nunca menciona, o lo hace superficialmente, dos posibilidades que tendrían que haber sido discutidas en este libro. Una es que el régimen ruso podría liberalizarse y volverse menos peligroso en la siguiente generación, siempre y cuando la guerra no estalle. Por supuesto, esto no sucedería con el consentimiento de la camarilla que gobierna , pero sería razonable que la lógica de la situación desembocara en eso. La otra posibilidad es que las grandes potencias, simplemente, estén tan atemorizadas por las armas nucleares que ni siquiera se atrevan a usarlas. Pero eso sería demasiado aburrido para Burnham. Todo debe suceder súbitamente y llegar hasta las últimas consecuencias, y la elección debe ser entre todo o nada, entre la gloria o en la ruina. 

Prefacio para la edición ucraniana de “Rebelión en la Granja”

Marzo de 1947

Hasta 1930 no llegué a identificarme, en general, como socialista. De hecho, en aquel entonces no tenía una postura política definida. Me volví partidario del socialismo más por el asco que me producía la forma en que se oprimía e ignoraba a los trabajadores de la industria que por la admiración teórica que pudiera suscitar en mí la planificación social. 

Mi esposa y yo decidimos que iríamos a España a combatir por la República. En seis meses estábamos listos para partir, en cuanto terminé el libro que estaba escribiendo. En España pasé casi seis meses en el frente de Aragón, hasta que en Huesca un francotirador fascista me pegó un tiro en la garganta. En la primera etapa de la guerra, los extranjeros ignoraban del todo las luchas políticas internas entre los diferentes partidos que apoyaban al gobierno. Por una serie de accidentes no acabé en las Brigadas Internacionales, como la mayoría de extranjeros, sino en la milicia del POUM, el equivalente a los trotskistas españoles.

Cuando los comunistas se hicieron con el control (o con el control parcial) del gobierno español y comenzaron a cazar trotskistas, los dos nos encontramos, de pronto, entre las víctimas. Tuvimos suerte de salir vivos de España, sin que nos arrestaran ni una sola vez. Muchos de nuestros amigos murieron, y otros pasaron mucho tiempo en prisión o, simplemente, desaparecieron. 

Aquella cacería de hombres tuvo lugar en España al mismo tiempo que las grandes purgas en la URSS y fue una suerte de complemento de estas últimas. En España, la naturaleza de las acusaciones (esto es, de conspirar con los fascistas) era la misma que en Rusia, y tengo razones para creer, cuando menos en lo tocante a España, que se trataba de acusaciones falsas. Experimentar todo aquello fue una lección objetiva de un valor incalculable: me enseñó la facilidad con que la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente inteligente en un país democrático. 

Mi esposa y yo vimos como se encarcelaba a gente inocente solo porque se sospechaba de ella que era poco ortodoxa. Sin embargo, cuando regresamos a Inglaterra nos encontramos con numerosos observadores, sensibles y bien informados, que se creían las historias fantasiosas de traición, conspiración y sabotaje de las que la prensa informaba desde los procesos de Moscú. 

Así que entendí, de la forma más clara posible, la influencia negativa del mito soviético sobre el movimiento socialista de Occidente. 

Me parecía de suma importancia que la gente de Europa occidental tuviera conocimiento de lo que era en realidad el régimen soviético. A partir de 1930 he visto muy pocas pruebas de que la URSS esté avanzando hacia algo que podamos llamar con certeza “socialismo”, sino que, por el contrario, me ha sorprendido su transformación en una sociedad jerárquica, donde los gobernantes no tienen más razones para dejar el poder que los de cualquier otra sociedad con clase dominante. 

Aun así, no está de más recordar que Inglaterra no es del todo democrática. Es un país capitalista, con grandes privilegios de clase y grandes diferencias económicas (incluso ahora, cuando se supone que la guerra nos ha igualado a todos). A pesar de esto, se trata de un país en el que la gente ha vivido sin conflictos importantes durante muchos siglos y donde las leyes son relativamente justas, y las noticias y las estadísticas oficiales son casi siempre creíbles, y, además, es un país donde sostener y difundir una opinión minoritaria no entraña ningún peligro mortal. En el contexto de semejante atmósfera, el hombre de la calle no tiene una comprensión real de temas como los campos de concentración, las deportaciones en masa, los encarcelamientos sin juicio previo, la censura de la prensa, etcétera. Todo lo que esta persona lee sobre un país como la URSS es inmediatamente traducido a términos ingleses, y acepta así, con mucha inocencia, las mentiras de la propaganda totalitaria. Antes de 1939, e incluso hasta más tarde, la mayoría de los ingleses eran incapaces de valorar la verdadera naturaleza del régimen nazi de Alemania, y ahora, con el régimen soviético, son víctimas del mismo tipo de engaño. Esto ha causado mucho daño al movimiento socialista en Inglaterra, y tiene serias consecuencias para la política exterior inglesa. De hecho, en mi opinión, nada ha contribuido más a la corrupción de la idea original del socialismo que la creencia de que Rusia es un país socialista y de que todo lo que hagan sus dirigentes debe ser disculpado, cuando no imitado. 

A mi regreso de España, pensé en exponer el mito soviético en una historia que fuera fácil de entender para casi todos y fácil de traducir a cualquier idioma. Sin embargo, los detalles de la historia llegaron después, un día en que (entonces vivía en un pequeño pueblo) vi a un niño pequeño, quizá de diez años, conduciendo una enorme carreta por un camino muy estrecho y golpeando al caballo con la fusta cada vez que este intentaba desviarse. Pensé que si los animales tuvieran conciencia de su fuerza, no podríamos ejercer ningún control sobre ellos, y que el hombre explota a los animales de la misma forma que el rico explota al proletariado. 

No quisiera hacer comentarios sobre el libro; si este no habla por sí mismo, es que he fallado. Pero quisiera hacer hincapié en dos puntos: en primer lugar, aunque varios episodios han sido tomados de la Revolución rusa, he cambiado la jerarquía y el orden cronológico de los acontecimientos; tenía que hacerlo para mantener la simetría de la historia. El segundo punto se les ha pasado por algo a muchos críticos, probablemente porque yo no he puesto el énfasis suficiente. Muchos lectores han terminado el libro con la impresión de que, al final, se produce una reconciliación completa entre los cerdos y los humanos. Esa no era mi intención, sino que, por el contrario, quería terminarla con una nota discordante, precisamente porque la había escrito inmediatamente después de la Conferencia de Teherán, acerca de la cual todo el mundo pensaba que había servido para establecer una relación excelente entre la URSS y Occidente. Yo personalmente no creía que esa relación fuera a durar mucho, y no estaba equivocado, como después han demostrado los acontecimientos. 

No sé qué más podría añadir. Si alguien está interesado en los detalles personales, puedo agregar que estoy viudo y tengo un hijo de casi tres años, que soy escritor de profesión y que desde el principio de la guerra he trabajado más que nada de periodista. 

El periódico con el que colaboro con mayor regularidad es el Tribune, un semanario político-social que representa, en general, al ala izquierda del Partido Laborista. Los libros que he escrito que más podrían interesarle al lector común (si es que algún lector de esta traducción encuentra algún ejemplar) son Los días de Birmania (una historia sobre Birmania), Homenaje a Cataluña (escrito a partir de mis experiencias en la Guerra Civil) y Ensayos Críticos (principalmente ensayos sobre literatura popular contemporánea inglesa, más instructivos desde el punto de vista sociológico que desde el literario). 

Bajando de Bangor

22 de noviembre de 1946

Los niños ingleses siguen estando americanizados por medio de las películas, pero ya no se afirma de forma generalizada que los libros estadounidenses sean los mejores para ellos. ¿Quién criaría sin recelos a un niño con cómics a todo color en los que siniestros profesores construyen bombas atómicas en laboratorios subterráneos mientras Superman atraviesa zumbando las nubes, las balas de ametralladora le rebotan en el pecho como si fueran guisantes y rubias platino son violadas, o casi, a manos de robots de acero y dinosaurios de quince metros?

Estados Unidos era en el siglo XIX un país rico y despoblado que estaba al margen de la corriente principal de los acontecimientos mundiales, y en el que las dos pesadillas que acosan a prácticamente todo el hombre moderno -la del desempleo y la injerencia del Estado- apenas habían tomado forma. 

Cómo mueren los pobres

Noviembre de 1946

En 1929 pasé varias semanas en el hospital X, en el arrondissement 15º de París. Los empleados me sometieron al tercer grado habitual en el mostrador de recepción y, de hecho, me retuvieron unos veinte minutos para responder una retahíla de preguntas antes de dejarme entrar. Si alguna vez han tenido que rellenar formularios en un país latino, sabrán el tipo de preguntas a las que me refiero. 

A unas doce camas de la mía estaba el número 57 -creo que ese era su número-, un caso de cirrosis hepática. Todo el mundo en el pabellón lo conocía de vista, porque a veces era el protagonista de una lección médica. Dos tardes a la semana, el alto y serio doctor daba clase en el pabellón a un grupo de estudiantes, y en más de una ocasión el viejo número 57 era conducido en una especie de camilla con ruedas hasta el centro del pabellón, donde el doctor le arremangaba el camisón, dilataba con los dedos una enorme protuberancia fofa que el hombre tenía en la barriga -el hígado enfermo, supongo-, y explicaba con solemnidad que se trataba de una enfermedad atribuible al alcoholismo, más habitual en los países consumidores de vino. Como de costumbre, no hablaba con el paciente ni le dedicaba una sonrisa, ni un gesto con la cabeza, ni ningún tipo de saludo. Mientras hablaba, muy serio y erguido, mantenía el cuerpo demacrado bajo ambas manos, y a veces lo hacía girar suavemente adelante y atrás, con la misma actitud que una mujer manejando un rodillo. Tampoco es que al número 57 le molestasen estas cosas. Obviamente, era un viejo paciente del hospital, una pieza de exhibición habitual en las lecciones cuyo hígado estaba asignado desde hacía mucho tiempo a algún frasco de un museo de patologías. Con un profundo interés en lo que se decía sobre él, se quedaba acostado con los ojos descoloridos mirando a la nada, mientras el doctor lo exhibía como a una antigüedad china. Era un hombre de unos sesenta años, asombrosamente encogido. Su rostro, pálido como el papel, se había encogido hasta parecer tan pequeño como el de un muñeco. 

Una mañana, mi vecino el zapatero me despertó tirando de mi almohada antes de que llegaran las enfermeras. “¡Número 57!”, y dejó caer los brazos por encima de la cabeza. Había luz en el pabellón, la suficiente para ver. Vi al viejo número 57 tendido de lado, hecho un ovillo, con la cara asomando por el borde de la cama, mirando hacia mí. Había muerto en algún momento de la noche, nadie sabía cuándo. Al llegar las enfermeras, recibieron la noticia de la muerte con indiferencia y prosiguieron sus quehaceres. Después de mucho rato, una hora o más, otras dos enfermeras entraron marchando hombro con hombro como soldados, con gran estrépito de zuecos, y envolvieron el cadáver con las sábanas, pero no se lo llevaron hasta más tarde. Mientras tanto, con más luz, yo había tenido tiempo de echarle un buen vistazo al número 57.  De hecho, me tumbé de lado para mirarlo. Curiosamente, era el primer europeo muerto que veía. Había visto a difundas antes, pero siempre asiáticos, y normalmente gente que había tenido una muerte violenta. Los ojos del número 57 seguían abiertos, y también su boca, su pequeña cara retorcida en una expresión de agonía. Lo que más me impresionó fue la palidez de su cara. Ya lo era antes, pero ahora era solo un poco más oscuro que las sábanas. Mientras contemplaba la cara diminuta y retorcida, caí en la cuenta de que aquel desagradable desecho, esperando a que se lo llevaran en carrito y lo arrojaran sobre la plancha de la sala de disección, era un ejemplo de muerte “natural”, una de las cosas por las que rogamos en la letanía. Ahí lo tienes, pues, eso es lo que te espera dentro de veinte, treinta o cuarenta años; así es como mueren los afortunados, los que llegan a viejos. Uno quiere vivir, por supuesto; de hecho, uno solo sigue vivo en virtud del miedo a la muerte, pero sigo pensando, como lo hice entonces, que es mejor morir violentamente y no demasiado viejo. La gente habla de los horrores de la guerra, pero ¿qué arma ha inventado el hombre que se asemeje siquiera en crueldad a algunas de las enfermedades más comunes? La muerte “natural”, casi por definición, es algo lento, pestilente y doloroso. E, incluso así, hay una gran diferencia si puedes pasar ese momento en tu propia casa y no en una institución pública. 

Aún quedan cerca los tiempos en que se creía que en alguno de los hospitales grandes de Londres se asesinaba a los pacientes para después poder diseccionarlos. No oí esta historia en el hospital X, pero diría que a algunos de los hombres que había allí les habría parecido creíble. Y es que era un hospital en el que, tal vez no los métodos, pero sí algo de la atmósfera del siglo XIX había logrado sobrevivir, y ahí residía su peculiar interés. 

Ahora, seguramente, no presenciaríamos en ningún lugar del mundo el tipo de escena que describió Axel Munthe en La historia de San Michele, en la que un siniestro cirujano, con sombrero de copa y levita, la pechera almidonada salpicada de sangre y pus, trincha a un paciente tras otro con el mismo cuchillo y arroja los miembros amputados a una pila junto a la mesa. Por otro lado, el sistema nacional de sanidad pública ha acabado parcialmente con la idea de que un paciente de clase obrera es un pordiosero que merece poca consideración. Bien entrado este siglo, era habitual que a los pacientes “gratuitos” les extrajesen las muelas sin anestesia en los hospitales grandes. No pagaban, de modo que, ¿por qué tendrían que recibir anestesia?; esa era la actitud. También eso ha cambiado. 

El terror a los hospitales seguramente siga vivo entre los más pobres, y entre el resto de nosotros no ha desaparecido hasta hace muy poco. Es una parcela oscura aún próxima a la superficie de nuestra mente. He contado antes que al entrar en el pabellón del hospital X tuve una extraña sensación de familiaridad. Lo que la escena me recordó, claro está, fueron los hospitales apestosos y llenos de dolor del siglo XIX, que nunca había visto pero conocía a través de la tradición. 

Por qué escribo

Verano de 1946

Egoismo puro y duro. Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse de los adultos que abusaron de uno en su niñez, etcétera. Es una paparruchada fingir que este no es un motivo, porque además es de los más potentes. Los escritores tienen en común esta característica con los científicos, los artistas, los políticos, los abogados, los soldados, los empresarios de éxito, es decir, con lo más granado del género humano. La gran mayoría de los seres humanos no exhiben un egoísmo muy acentuado. Pasados los treinta, más o menos, renuncian a la ambición personal -en muchos casos, abandonan casi del todo la idea de ser individuos- y viven sobre todo para los demás, o bien quedan aplastados por el tedio y la monotonía. Pero hay, además, una minoría de personas dotadas, voluntariosas, obstinadas incluso, decididas a vivir la vida hasta el final, y a esta categoría pertenecen los escritores. Los escritores serios, debiera decir, son en conjunto más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque el dinero les interesa menos. 

Impulso histórico. Deseo de ver la cosas como son, de hallar cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad. 

Propósito político. No hay un solo libro que sea ajeno al sesgo político….En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros recargados o meramente descriptivos, y podría haber seguido siendo ajeno a mis lealtades políticas. Pero tal como están las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero pasé cinco años dedicado a una profesión totalmente inapropiada (la Policía Imperial de la India, en Birmania), y luego experimenté la pobreza y el fracaso. Esto acentuó mi odio natural por la autoridad, y me llevó a tener conciencia plena de la existencia de la clase obrera. Mi trabajo en Birmania me había dado cierta capacidad de comprensión de la naturaleza del imperialismo, pero esas experiencias no fueron suficientes para dotarme de una orientación política precisa. Llegaron entonces Hitler, la Guerra Civil española, etcétera. A finales de 1935 todavía no había tomado una decisión en firme. 

La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo…. Cuanto más consciente es uno de su sesgo político, mayores posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad.

Mi mayor aspiración durante los últimos años ha sido convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia. Cuando me pongo a escribir un libro no me digo: “Voy a hacer una obra de arte”. Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. 

Mi libro acerca de la Guerra Civil española, Homenaje a Cataluña, es una obra de corte francamente político, por descontado, pero en conjunto está escrito con cierto desapego, y con cierta atención por la forma. Intenté por todos los medios contar la verdad sin traicionar mi instinto literario pero, entre otras cosas, incluye un largo capítulo lleno de citas tomadas de los periódicos y demás, en las que se defiende a los trotskistas que estaban entonces acusados de haber tramado un complot contra Franco. Está claro que semejante capítulo, que al cabo de uno o dos años perdería su interés para cualquier lector normal, podía arruinar un libro entero. Un crítico por el que siento un gran respeto me dio una lección en lo tocante a eso. “¿Por qué has metido todo eso? -me dijo-. Has convertido lo que podría ser un buen libro en mero periodismo.” Lo que me dijo era verdad, pero yo no supe hacerlo de otro modo. No pude. Me enteré por casualidad de algo que poca gente conocía en Inglaterra, y no por no querer, sino porque no se les permitió, y es que se estaba acusando falsamente a hombres inocentes. Si aquello no me hubiera indignado, jamás habría escrito el libro. 

Rebelión en la granja fue el primer libro en el que intenté, con conciencia plena de lo que estaba haciendo, fundir la intención política  el propósito artístico. 

Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos. 

Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates. 

James Burnham y la revolución de los directores

1 de mayo de 1946

El libro de John Burnham La revolución de los directores generó un revuelo considerable en Estados Unidos y en este país cuando se publicó, y su tesis fundamental ha sido tan debatida que una exposición detallada al respecto apenas es necesaria. Resumida tan brevemente como me es posible, la tesis es esta:

El capitalismo está desapareciendo, pero el socialismo no lo está reemplazando. Lo que surge ahora es un nuevo tipo de sociedad planificada y centralizada que no será ni capitalista ni, en ningún sentido aceptado del término, democrática. Los gobernantes de esta sociedad nueva serán las personas que controlan de forma efectiva los medios de producción; esto es, ejecutivos, técnicos, burócratas y soldados, que Burnham mete en el mismo saco bajo la denominación de “directores”. Esta gente eliminará a la antigua clase capitalista, aplastará a la clase obrera y organizará la sociedad de tal modo que todo el poder y los privilegios económicos permanezcan en sus manos. 


Para empezar, en 1940 Burnham daba más o menos por segura la victoria alemana. De Gran Bretaña decía que estaba “en plena disolución” y exhibiendo “todas las características que han distinguido a las culturas en decadencia en las transiciones históricas pasadas”, al tiempo que la conquista e integración de Europa que Alemania alcanzó en 1940 la presentaba como “irreversible”. “Inglaterra -escribía Burnham- no puede aspirar a conquistar el continente europeo de ninguna de las maneras, sean cuales sean sus aliados no europeos”. Incluso si Alemania se las arreglaba de algún modo para perder la guerra, iba a ser imposible desmembrarla o reducirla al estatus de la República de Weimar, sino que seguiría siendo con toda seguridad el núcleo de una Europa unificada. Las líneas generales del futuro mapa del mundo, con sus tres grandes superestados, estarían ya establecidas, y “los núcleos de estos tres superestados son, cualesquiera que sean sus nombres en el futuro, las naciones preexistentes de Japón, Alemania y Estados Unidos”. 

Supongamos que en 1940 se hubiese realizado una encuesta Gallup en Inglaterra con la pregunta: “¿Ganará Alemania la guerra?”. Habríamos hallado, curiosamente, que el grupo del “Sí” incluiría un porcentaje bastante más alto de personas inteligentes -personas, digamos, con un coeficiente intelectual superior a 120- que el grupo del “No”. Y lo mismo a mediados de 1942. En este caso las cifras no habrían sido tan llamativas, pero si la pregunta hubiese sido: “¿Conquistarán Alejandría los alemanes?”, entonces habríamos visto, de nuevo, una marcada tendencia a que la inteligencia se concentrara en el grupo del “Sí”. En todos los casos, las personas menos dotadas habrían dado con mayor frecuencia la respuesta correcta. 

Encontraríamos, además, a la misma gente abogando por un acuerdo de paz en 1940 y aprobando el desmembramiento de Alemania en 1945. 

Toda teoría política tiene un cierto matiz regional, y toda nación y cultura tienen sus prejuicios y sus parcelas de ignorancia característicos. 

Pase lo que pase, Estados Unidos sobrevivirá como una gran potencia, y desde el punto de vista norteamericano poco importa que Europa esté dominada por Rusia o por Alemania. 

Seguramente Burnham ha acertado más de lo que ha errado en relación con el presente y el pasado inmediato. Durante los últimos cincuenta años, la tendencia general ha sido, sin duda, hacia la oligarquía. La concentración creciente del poder industrial y financiero, la importancia cada vez menor del pequeño capitalista o accionista y el crecimiento de la nueva clase “gerencial” de científicos, técnicos y burócratas; la debilidad del proletariado frente al Estado centralizado; la creciente indefensión de los países pequeños frente a los grandes; la decadencia de las instituciones representativas y la aparición de regímenes de partido único basados en el terrorismo policial, los plebiscitos amañados, etcétera, todos estos fenómenos parecen apuntar en la misma dirección. 

La razón inmediata de la derrota alemana fue la locura inaudita de atacar a la URSS cuando Gran Bretaña seguía en pie y Estados Unidos se estaba preparando para combatir. Errores de este calibre solo pueden cometerse, o al menos tienen más probabilidades de cometerse, en países donde la opinión pública no tiene ningún poder. Cuando un hombre común puede hacerse oír, es menos factible que se vulneren reglas tan elementales como la de no enfrentarte a todos tus enemigos a la vez. 

Pero en cualquier caso, deberíamos haber sido capaces de ver desde el principio que un movimiento como el nazismo no podría producir ningún resultado positivo o estable. 

El régimen ruso tendrá que democratizarse o sucumbirá. Ese imperio esclavista, enorme, invencible e imperecedero con el que Burnham parece soñar no se instaurará, y si lo hace, no resistirá, porque la esclavitud ya nos una base estable para la sociedad humana.